Va de cretinos


Lee el siguiente texto y, a continuación, responde en la libreta a las preguntas que sobre él se plantean:

El cretino tiene más personalidad. Nos fijamos más en él. Lo recordamos indeleblemente*. Si tienes alguna duda, piensa en los compañeros de colegio, en tus colegas, etcétera. En resumen, en cualquier grupo de seres humanos con quienes hayas estado obligado a vivir un periodo de tiempo lo bastante largo como para captar las características y peculiaridades de cada cual. ¿De quién te acuerdas? ¿Cuáles son los primeros episodios que se te pasan por la cabeza?
    En resumen, en quien nos fijamos enseguida y a quien recordamos mejor en todos esos grupos es al estúpido, al tonto del pueblo. A la larga, él, el imbécil, es precisamente quien demuestra tener la personalidad más memorable. ¿Por qué?
    Basta con una breve demostración. El punto de partida es una anotación de Simone Weil: «Si digo que 7 + 8 = 16, me equivoco; soy yo, en cierto modo, quien hace que 7 + 8 = 16. Pero no soy yo quien hace que 7 + 8 = 15» (Cahiers, I, p. 372). La verdad existe en sí, independientemente de mí o de ti, seres humanos aislados. El que enuncia una verdad que no tiene nada que ver con sus características individuales, sino que será compartida por todos, tiende, pues, a pasar inadvertido. El error es la obra maestra del cretino: atrae la atención general, se graba inmediatamente en la memoria colectiva, hace que lo recuerden para toda la eternidad. Cuanto más estólido*, aturdido*, pánfilo y lelo sea el autor, más clamorosa será su parida y más memorable resultará.
    Es doloroso agregar que detrás de esta cruel paradoja se vislumbra uno de los máximos problemas filosóficos, el del libre albedrío*: nuestra libertad no sería sino libertad para equivocarnos, licencia para ser estúpidos.
    La verdad es impersonal, ahí la tenemos, eterna e inmutable*, al exterior de nosotros. Los mediocres*, los que no se equivocan, están destinados al olvido. La «personalidad» reside, pues, en el error, en la transgresión*.

                                 OLIVIERO PONTE DI PINO: El que no lea este libro es un imbécil, Punto de Lectura.


a) ¿Por qué podemos afirmar que el texto es argumentativo?
b) ¿Cuál es la tesis que pretende demostrar el autor? ¿Dónde la expone?
c) Determina la estructura del texto.
d) ¿Qué argumentos utiliza para demostrar su tesis?
e) La actitud del autor, ¿es objetiva o subjetiva? ¿En qué se aprecia?
f) Anota los recursos lingüísticos y no lingüísticos que aparecen en el texto.


Para contestar estas preguntas, repasa si es conveniente las características de los textos argumentativos (libro, pág. 125)

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